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BONAMPAK
Chiapas, México.
El
sitio se encuentra en el valle del río Lacanhá, afluente del
Usumacinta, en plena selva Lacandona. Las condiciones de su
descubrimiento en 1946 por un desertor del ejército estadounidense,
Carlos Frey, guiado por un lacandón, y el “robo audiovisual” de este
descubrimiento por parte del fotógrafo Giles Healey, seguido de la
muerte de Frey en el sitio mismo, son ahora parte de una leyenda.
La Carnegie Institution de Washington y el INAH de México, enterados
de esto, envían al año siguiente unos especialistas para examinar
las pinturas murales que abriga el sitio (de ahí el nombre de
Bonampak, que significa “paredes pintadas” en maya, con el cual
Silvanus Morley bautizó la ciudad). Los primeros estudios fueron
realizados por Alfredo Villagra y Antonio Tejada, pintor y a la vez
director del Museo de Guatemala realiza las primeras copias de las
escenas pintadas.
Los murales son el conjunto de pinturas mayas más importante que
jamás se haya descubierto. El tema central -la guerra y la toma de
cautivos- ponen en tela de juicio las teorías acerca de los mayas,
considerados como un pueblo pacífico. El “Templo de las Pinturas” se
levanta sobre una loma dominando una gran explanada rectangular,
rodeado de edificios sobre terrazas, que comprende estelas de gran
interés artístico. El mismo templo, que es hoy el edificio más
importante del sitio, mide alrededor de 16 m de largo por sólo 4 m
de ancho. Sus gruesos muros se levantan a una altura de 7 m. y
abrigan tres piezas, a las que se accede por unas puertas adornadas
con dinteles.
Las pinturas que cubren por completo los muros interiores y que
fueron protegidos con una capa de calcita, son de colores
brillantes, con predominio del rojo y el azul; un contorno negro,
que traduce un excepcional dominio del trazo, realza las figuras.
Las líneas de los dibujos son dinámicas, los colores lisos. La
interpretación de las escenas, así como su orden de lectura, es a
veces controvertida. Sin embargo, hay que creer que los tres
conjuntos de pinturas se suceden según el orden de las piezas que
las contienen.
Se
trata por lo tanto de una narración, con las escenas crucial de la
batalla en el centro de esta larga composición. La primera pieza
estaría organizada en torno a la presentación de un niño. Los
personajes, en su mayoría pintados de modo hierático, a pesar de la
variedad de las actitudes, se ordenan en largas filas, a su vez
dispuestas en diferentes registros. Algunos especialistas ven esto
más bien como una escena de preparación para el combate. La segunda
cámara describe con cierta crudeza una escena de combate. Los
cuerpos se mezclan en una confusión sangrienta, muy realista; unos
cautivos son martirizados. La iconografía de la tercera y última
pieza insiste en el tema del sacrificio de los cautivos, los cuales
esperan sentados o recostados sobre los escalones de una gran
escalera. El cuerpo tendido, sobre tres gradas, de uno de los presos
centrales introduce, gracias a un eje oblicuo, la idea de
profundidad.. Los guardias, con actitudes hieráticas, ocupan la
parte inferior de la composición, mientras que hasta arriba, sobre
el tercer registro, domina la clase de los nobles, que enarbolan las
insignias del poder. El niño de la Cámara I reaparece en manos de
unas mujeres vestidas de blanco, que se perforan con una cuerdecilla
la lengua. Un texto jeroglífico acompaña los frescos; las
inscripciones están inconclusas. El conjunto de la composición data
de finales del siglo VIII.
En 1984 se emprendió un exitoso programa de restauración para
combatir el opacamiento de los frescos.
En el Museo Nacional de Antropología de México, se puede ver una
reconstrucción del templo con sus pinturas.
Al sitio se llega por la Carretera Fronteriza, viajando 140
kilómetros desde la Ciudad de Palenque hasta el poblado de San
Javier, en donde indígenas Lacandones prestan sus servicios de
transportación obligatoria por los últimos ocho kilómetros hasta
llegar al sitio.
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